A mitad del adviento, las lecturas nos invitan a repensar nuestra condición de criaturas que deben tomar una actitud vital adecuada a su condición de seres humanos. El tono de toda la liturgia es de alegría. La verdadera alegría nace del descubrimiento de lo que Dios es para nosotros, y de la posibilidad de identificarnos con Él, saliendo de nuestro egoísmo y compartiendo lo que somos y tenemos.
“Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios” decía Isaías. “Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, decía María. “Estad siempre alegres”, decía Pablo. Dios está cerca en todos los sentidos. No sólo tenemos derecho a estar alegres, sino que tenemos la obligación de ser alegres.
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